LA ERA DEL MUÑECO

LA ERA DEL MUÑECO

Buenos Aires, septiembre 23 (Télam, por Walter Vargas).- Así en el fútbol como en la vida misma siempre está más a mano la posibilidad de dar cuenta de los fenómenos mediante el sencillo trámite de la respuesta única, del argumento único, pero la realidad es que la inobjetable victoria de River se perfiló y consumó por imperio de una serie de virtudes propias y defectos ajenos.

En ese contexto, en esa perspectiva y en esa serie deberá ser incluido el Factor P, el factor penal que fue no y no recibió sanción, tal pudo haber sido la mano de Leonardo Ponzio, del mismo modo que sería difícil de explicar por qué un rato antes el árbitro Mauro Vigliano no había expulsado a Edwin Cardona por su descalificador codazo a Enzo Pérez.

Las dos jugadas podían haber cambiado el destino del partido, claro, pero en realidad el destino es lo que al cabo pasó, jamás lo que pudo haber pasado. 

Ahora salgamos de las conjeturas contrafácticas y pasemos a lo más mensurable y, en cierta medida, a lo que más importa.   

De área a área, en el desarrollo, en lo que los comentaristas de antaño daban en llamar “el trámite”, acaso no haya habido diferencias apreciables y mucho menos de dos goles en favor en River.

De hecho, es de hacer notar que Agustín Rossi intervino poco.

(Dicho sea de paso, Franco Armani sacó las que tenía que sacar). 

Pero si un gol legítimo es un merecimiento en sí mismo, qué decir de los golazos de Pity Martínez y Nacho Scocco en sendos arrebatos de inspiración suprema: ¿quién dijo que es fácil entrarle a la pelota de ese modo rodeados de 50 mil personas que dispensas sus fervores al equipo adversario?

Martínez y Scocco lo hicieron y por ejemplo Darío Benedetto no lo hizo cuando a su turno empalmó una pelota desde una óptima posición.

Luego, y si la comodidad y la incomodidad fueran indicadores susceptibles de ser aplicados, saltó a la vista que salvo un puñado de minutos del segundo tiempo River estuvo siempre cómodo en su piel y en cambio Boca se quedó a mitad de camino, cuando no atrapado,  entre la parsimonia y el apuro, entre la mímica de control y la franca impotencia. 

Para muestra basta un botón: el capital fracaso de Boca se expresó en un medio campo sin norte, en el que el buque insignia Wilmar Barrios jugó su peor partido desde que llegó a la Ribera.

Los mejores minutos de River fueron más nítidos que los mejores minutos de Boca. 

River supo aprovechar los momentos de marea alta y resistir los momentos de marea baja y Boca dejó pasar un par de trenes y padeció cada despiste.

River fue fiel a la ejecución de un plan edificado en el orden y la intensidad y Boca anduvo como bola sin manija entre la tenencia de la pelota como un puente hacia el desequilibrio y la tenencia de la pelota como un fin en sí mismo.

Si fuera verosímil la robusta hipótesis de que los equipos se parecen a sus entrenadores, la creciente tendencia de los Superclásicos es que River se parece a Marcelo Gallardo y Boca se parece a Guillermo Barros Schelotto.

Por lo menos hasta aquí, uno es sagaz y pragmático. 

El otro es brumoso y pretencioso. (Télam).- 

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